Aprender a perder tiempo1

Por: Andrés Aguirre Martínez | Director general

Si algo agobia al ser humano actual, es el manejo del tiempo. Se hizo de la velocidad y del vértigo toda una pasión, algo deseable. Se procura la instantaneidad de todo y se privilegia el ya. Todo lo que no sea rápido e inmediato es considerado como un desperdicio e ineficiente. Es un pecado social la pérdida del tiempo. La tecnología disponible es instrumento para que todo esté al alcance por medio de un toque de pantalla: en segundos se está en contacto con muchísimas personas y en cortísimos lapsos se puede navegar por el mundo. Pero simultáneamente se padecen las consecuencias de la prisa.

Expresiones como “no hay tiempo” y “se acabó el tiempo” se volvieron comunes y causa de problemas de malestar y deterioro de la calidad de vida. Ya nada es durable, nada deja una huella profunda ni marca para la vida. La experiencia se convirtió en experiencias, efímeras y pasajeras. “El presente se acorta, pierde la duración. Su marco temporal es cada vez más pequeño. Todo apremia simultáneamente en el presente. Eso tiene como consecuencia una aglomeración de imágenes, acontecimientos e informaciones que hacen imposible cualquier demora contemplativa” B. Han. La aceleración lleva al desgaste de la vida esencialmente humana porque ella se puede predicar de las cosas, pero no de las personas.

El ser humano es un ser temporal, pero hay que distinguir la forma como debe afrontarse el tiempo porque su influencia y afectación son muy diferentes dependiendo del plano del que se trate. En la dimensión biológica, por ejemplo, el tiempo en un momento es necesario para el desarrollo orgánico, para la formación de los distintos tejidos; pero es ese mismo tiempo el que lleva posteriormente al deterioro y al desgaste corporal. Bien distinto de este plano se comporta la dimensión personal. En esta puede haber crecimiento indefinido, perfeccionamiento, transformación y desarrollo para bien.

Pero es que la vida personal exige la reflexión, la asimilación lenta de las vivencias, implica el “pararse a pensar” y poder analizar lo ocurrido, la incorporación de los aprendizajes y la deliberación para modificar los cursos de acción. Conlleva esta vida personal además actividades que pueden parecer una pérdida de tiempo, porque no generan algo útil, sino el disfrute del espíritu. Leer poesía, escuchar música, jugar y festejar, están entre ellas. Especial consideración merece lo que toca con otras personas. Existir es necesariamente coexistir. Confundir los vínculos con tener conexiones, y la vivencias reales con experiencias virtuales es un terrible error que deteriora la esencia de lo humano. Entrar en el corazón de las personas requiere tiempo y tacto, no es ya ni depende de un toque de pantalla. Entrar en relación con otros exige dar rodeos, estar dispuesto a esperar en medio de la persistencia, ser capaz de aprender a hacer el cortejo que según el diccionario es “fineza, agasajo, regalo”. Crear vínculos profundos y duraderos con otros, como lo es la amistad y el amor tan esenciales para la vida, exige largo tiempo de maduración.

El sentido de la existencia requiere reflexión y contemplación: un detenerse a pensar y a pensarse, un saber perder el tiempo para poder ganarlo.